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EMPRESA

Traduce la literatura latina al hebreo


Poeta y editora, ofrece a los lectores de su idioma natal las obras en español de autores como Octavio Paz, César Vallejo y Augusto Monterroso, entre otros; su gran desafío, reconoce, es descubrir a los escritores que todavía no son consagrados



Mafalda, el personaje del caricaturista argentino

fue la base del castellano de Tal Nitzan, traductora del español al hebreo, quien ha trasladado a su lengua natal obras de Octavio Paz, César Vallejo, Alejandra Pizarnik y Augusto Monterroso.

Nacida en Israel, Nitzan pasó cuatro años en Sudamérica (dos en Buenos Aires, cuando tenía cinco y seis años, y dos en Bogotá, cuando tenía 12 y 13 años) con sus padres, que eran diplomáticos.

Estudió Literatura hispanoamericana en la Universidad Hebrea de Jerusalén, y desde entonces comenzó a traducir, primero poesía. Hoy es poeta en hebreo y hasta el momento tradujo más de 40 obras al hebreo, algunas desde el inglés y la mayoría del español.

"Cuando llegamos a Argentina tenía cinco años. No querían que yo aprendiera a escribir en castellano porque recién aprendía a escribir en hebreo. Entonces empecé a aprenderlo sola, de carteles de Coca-Cola y cosas por el estilo. Cuando mis padres vieron que dominaba los dos idiomas, empezaron a traerme libros en español".

La verdad es que como niña yo estaba ocupada lidiando con las dificultades que supone emigrar. Fui de hecho emigrante cuatro veces porque el volver a Israel de Colombia y Argentina, también fue como ser migrante, ya que la sociedad de los niños es muy cruel. Uno no puede ser diferente. Estaba muy ocupada con eso como para sentirme enamorada de otra cultura. Esas son cosas que se aprecian después de mucho tiempo, mirando hacia atrás.

Me sentía muy curiosa. Una cosa te atrae más cuando te la prohíben y como el castellano escrito y leído me fue prohibido al principio, me atrajo muchísimo. Lo primero que leí fue

. Puedo decir que esa fue la base de mi castellano.

Claro, es un mundo, es un todo. Yo empecé a traducir poesía cuando leí a Octavio Paz. Entré tan profundamente a ese mundo, que leerlo y traducirlo al hebreo fue para mí una sola cosa. Para apropiarme de esta poesía, para hacerla mía, tenía que pasarla a mi mundo, al hebreo. Siento que siempre estoy en caminata, en movimiento entre los dos mundos.

"La poesía que encontré en castellano, no sólo no existía en hebreo -casi no había traducciones de Octavio Paz, César Vallejo, Alejandra Pizarnik- sino que es un tipo de poesía que se escribe sólo en español. Sentí la necesidad de traerla aquí, al hebreo, a la gente que puede leerla en mi idioma y agregar así algo nuevo a su mundo espiritual. Si no, yo me quedaba casi sola en ese mundo.

"Pero había también otra cosa, que no tiene nada de filantrópico. El hebreo es mi primer idioma y yo siento que hasta que no reescribo en ese idioma, mi idioma, esa poesía, no la hago mía. O sea: la etapa final de la lectura de una poesía para mí es escribirla en hebreo, pasarla así a mi mundo."

No sólo el idioma español, sino toda la cultura latinoamericana. Cuando fui recientemente a Buenos Aires, en muchos aspectos sentí que volvía a un lugar mío, no en un país extranjero. Volví a mi niñez, al idioma que aprendí a los cinco años. Hay cosas muy sutiles. Se trata de un tipo de sentido del humor, un tipo de charla, las asociaciones que no puedo compartir con la gente que conozco aquí, en Israel. Son cosas que conozco sólo de allá o cuando estoy aquí, en contacto con esa literatura.

Hay un tipo de pensamiento -que no podría explicar cuál es- que se piensa en castellano, no en hebreo. Pero la vida hebrea y la israelí son muy intensas. El castellano es como un rincón muy particular mío, que casi no comparto con nadie.

"A la gente aquí eso le parece muy exótico. Les gusta, pero es una cosa muy exótica. En cambio para mí es algo casi básico, pertenece a mis padres, a mi niñez, a mis orígenes, a la familia."

Yo creo que el hebreo es un idioma mucho más rico y fácil para la poesía que para la prosa. Para mí, la traducción de poesía al hebreo es más fácil, es un encanto aunque parezca más complicado. La prosa hay que luchar para traducirla al hebreo. Muchas veces leo traducciones inglesas de poesía española y me parecen prosa. En hebreo se puede preservar esa cualidad poética que hubo en el original. La poesía es mi gran amor, sin duda. También la traducción. Y yo misma, escribo poesía, no prosa.

Si pudiera me dedicaría solamente a la traducción de poesía. Pero hay obras en prosa que me encantan y que quiero traer acá. Hoy soy la coordinadora de una publicación llamada

, dedicada solamente a traducciones del castellano al hebreo. Es bastante nueva. Hasta ahora he traducido a Augusto Monterroso -que murió unas semanas antes de salir mi traducción, lo cual me dolió- y al español Miguel Delibes. Ahora va a salir un libro de Eduardo Mendoza. El próximo será Tomás Eloy Martínez. Y luego viene una colección de cuentos de Julio Cortázar. Ya apareció una antología de la poesía de la argentina judía Alejandra Pisarnik.

No cabe duda de que tienes que dominar mejor el idioma al que traduces, porque ahí es donde eres activa. Mi hebreo debe ser perfecto. Imagínate lo que es recrear en hebreo a Pablo Neruda, o a Octavio Paz, a César Vallejo, a Pizarnik, a García Lorca. Con el hebreo estás sola: tú y tu idioma. Ahí es donde entra en juego la creatividad.

Me gustaría decir que sí, pero confieso que he traducido obras que no me han gustado y que recibieron muchos elogios. Sería muy romántico decir que cuando me gusta una obra profundamente la traducción sale mejor, pero debo admitir que es una cosa profesional. Cuando entras en una obra y estás ahí, se requiere una identificación total, absoluta, entonces no te preguntas si te gusta o no. El resultado no debe verse perjudicado por tus preferencias.

Me pasó con César Vallejo, pero es una cosa de integridad profesional de mi parte decir que esos poemas no los puedo traducir al hebreo porque solamente les hago daño. Traduje el libro

de Vallejo, que apareció en el año 1922 y hasta hoy en día es uno de los libros más radicales de poesía que se haya escrito.

Leí un escritor colombiano que se llama Fernando Vallejo. Tres libros suyos me fascinaron pero los encontré totalmente intraducibles, porque están escritos en un dialecto muy colombiano, muy local. Una gran parte del encanto de su prosa es la brutalidad de ese idioma. Y simplemente no existen los equivalentes en hebreo. Me dio mucha pena, pero no pude hacerlo.

Yo me cuido mucho de ese tipo de generalizaciones que la gente tiende a hacer con fenómenos que no conoce, como la poesía latinoamericana. Yo la trato de manera muy individual y lo que me atrae en esta poesía son los poetas, las fuerzas particulares de los poetas, que son titanes. La poesía del siglo XX en América Latina y España, tiene un conjunto singular de gigantes que casi no existen en otro idioma. Y a veces me molesta en nuestra cultura, en Israel, que lo que es apreciado como algo sofisticado y de alto nivel, es siempre lo europeo: la poesía francesa, la polaca. Creo que introducir a esos titanes a la corriente sanguínea de la literatura hebrea la puede enriquecer de una manera incomparable.

No, el ser poeta es aparte, no es derivación de nada.

Eso es una cosa muy complicada. Yo he escrito poesía ya de muy joven y un día dejé de hacerlo. Y al pasar los años me di cuenta de que dejé de escribir poesía justamente cuando empecé a traducir a Octavio Paz, luego a García Lorca y a Neruda. Es como si tuviera que hacer lugar. Entonces sacrifiqué mi escritura para tener espacio para escribir la poesía de otros.

"Traducir poesía es penetrar en el mundo del poeta y casi volverte tú misma ese autor, para poder escribir su poesía en hebreo. Me fue muy difícil mantener mi escritura viva junto con eso. Después entra otro factor como las jerarquías, algo que no se debe hacer cuando uno trata de crear, pero eso pasa. Hubo épocas en las que me pregunté qué sería más importante ahora, una antología de Pablo Neruda o un libro de Tal Nitzan. Y siempre lo más fácil es callarte a ti misma. Otra cosa que entra en juego es el tema de la influencia. Tuve que hacer un gran esfuerzo para encontrar de nuevo mi voz pura, que es solamente mía, y no influida por esas voces tan poderosas de los poetas que traduje, porque yo siempre escogí a los más grandes, que más me atraían. Es muy difícil desprenderse de esas voces, reencontrar tu propia voz. Siempre que escribo, me cuido. Y si me parece que entró algo que es influencia de algo que he traducido, destruyo lo escrito."

Requiere mucho esfuerzo y un desprenderme de todo lo que he traducido, pero he encontrado de nuevo el camino hacia mi propia voz y una suerte de justificación diciéndome que no soy ni Neruda ni Paz, pero que también para mi propia poesía hay lugar en este mundo. Y me encuentro mi silencio necesario para encontrar a mi voz.

Algunos poemas están traducidos al español, pero no por mí.

Sí, y me fijo qué gran responsabilidad tengo en mis manos porque veo cuán fácil es... no diría arruinar un poema pero sí cambiarlo, darle otros matices que no son los originales. Hay que ser leal al poema, serle fiel.

Octavio Paz fue un primer amor porque con él empecé y traduje mucho de su poesía. Pude conocerlo personalmente por suerte, un día después de que él ganó el Premio Nobel de Literatura, él estaba en Nueva York y yo también. De un diario en Israel me pidieron que consiguiera una entrevista con él. Averigüé en qué hotel estaba y fui para allá, pero fue muy complicado porque había periodistas de todo el mundo, más de 100. No tenía ningún chance de penetrar en el círculo pero cuando se enterararon de que había traducido su poesía al hebreo, me dieron prioridad y pude entrevistarlo. Fue el gran logro de mi muy pequeña carrera periodística, entrevistar a un Nobel menos de 24 horas después del anuncio de que había ganado el premio.

Estoy especialmente satisfecha de la traducción de la

Antología de Pablo Neruda

, por el simple hecho de que fue acogida muy cálidamente por el público israelí. Es citado incluso en libros de cocina.

Él tiene un poema que es una receta de sopa. Esa traducción forma parte hoy de la vida cultural hebrea y eso es algo que una siempre se espera que pase con una traducción.

Por supuesto. Además, no siempre los más conocidos son los mejores. Mi gran desafío es descubrir y hacer conocer autores que todavía no lo son. No se puede hablar de Neruda como un gran descubrimiento, pero me siento orgullosa por ejemplo de haber introducido aquí al autor español Antonio Muñoz Molina, del cual traduje tres libros. Es un autor muy conocido y apreciado en España pero no tanto en Israel. Siento que fue como un pequeño descubrimiento mío. Lo mismo con Augusto Monterroso que hasta la antología de sus cuentos que traduje no había sido traducido al hebreo. Fue inmensamente popular en hebreo. Ya es conocido, muy citado. Conozco autores que ya admiten una gran influencia de Monterroso en la obra que escriben en hebreo.

Como traductora, yo no quiero tomar en cuenta la posibilidad de vender muchos libros. Cuando traduje a César Vallejo por ejemplo, se pensó que nadie lo iba a leer porque es tan difícil, tan diferente, tan hermético, que nos sorprendió mucho a la editorial y a mí la manera en que fue acogido. Pero esas son cosas que uno no puede saber de antemano y que no debe tomar en cuenta. Los criterios de selección siempre deben ser de calidad, de importancia, de originalidad. Y eso no se mide en ventas. Claro que cuando un libro es popular y es un éxito editorial, mejor. Hay obras que penetran más lentamente que otras. De todos modos, lo de la venta no es una pregunta que yo me hago cuando escojo una obra para traducirla.

Me basta cuando una obra que aprecio mucho y que quiero mucho, la tengo en las manos, entre dos tapas, en hebreo.

Leo con la comida, cuando estoy haciendo fila, antes de dormirme, siempre. Nunca lo medí, pero varias horas por día. Mis hijos también. Parece que ya no pueden ingerir la comida sin un libro. En los fines de semana les prohíbo leer con la comida, porque quiero ver sus caras. Tienen 11 y 14 años. Leen cualquier cosa. En español todavía no, pero ya están leyendo en inglés.



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